Era una de estas mañanas de domingo, anduvimos desde el pórtico acerado de la Parroquia de la O hacia la entrada, hacia el coqueto aparcamiento de Palacio. Cadenotes relajados por el tiempo, por el mucho tiempo a sus espaldas, losas de Tarifa, plataneras verdes, brillantes, elegantes, hermosas, justo a la izquierda, donde la vista te llama, otra vez de vuelta, hacia la torre- campanario de la Parroquia Mayor.
Esta vez no íbamos a la cafetería, de lienzos observadores a cada paso del café, de columnas de mármol y ladrillos acompasados al medio punto, incitadores de charlas y sabrosas conversaciones, esta vez no, aunque nos costara olvidar la última ocasión en la que tomáramos un té entre aquellos pasteles de la casa, con el libro al lado, con los libros, esos que desde que Doña Luisa Isabel lo tomara por costumbre, adornaban, presidían, por aquí y por allí, cada mesa, cada rincón, y aquel anaquel en el fondo de la cafetería.
Esta vez no, entrábamos hacia la puerta principal de Palacio, a la derecha, de madera antigua, vieja, impactante, quizá intimidante, y luego, allí justo, donde el cambio de luz te deja ciego por un momento, cuando de esos azules luminosos de sanlucar, en esa primavera de abril, se pasa a la penumbra del elegante zaguán.
Unas voluntarias, señoras entusiasmadas y motivadas por la devoción hacia Doña Isabel, amparadas por el buen hacer ilustrado y metódico de Liliana, se disponían a enseñarnos el Palacio y el Archivo. Con pasión, con mimo, con orgullo, por lo conseguido por Doña Isabel, por lo continuado por Liliana Dahlmann. Como si enseñaran una tarta recién salida del horno, como si te presentaran a su primer hijo ahora adolescente.
Escalinata sublime, escudo de los Guzmanes, símbolos de las heroicidades en Tarífa, un arcángel colgado del techo, como un símbolo, como una imagen protectora que vigila, desde lo alto, toda esa belleza, ese arte, ese misterio, dedicación y cordura. Sí cordura, se necesita mucha cabeza, amplia, clara, ilustrada, desenvuelta y previsora, para dibujar en el aire, casi de la nada, esta Fundación de Medina Sidonia.
Luego subíamos por la escalerita estrecha, de ladrillos de barro cocido, brillantes, luminosos, como si el estropajo estuviera recién guardado en aquella alacena del fondo. Al subir, cuadros, creo que son óleos, de Doña Isabel, de Isabel. Uno de ellos, como vestida de princesa, como querían en su familia, otro, aquel otro, el de verdad, el auténtico retrato de su alma, enjuto, entre libros, sentada en una silla, una simple silla y, fumando, siempre fumando entre papeles.
Ya arriba del todo nos esperaban Cari y Lilian, como fieras vigilantes vestidas de amabilidad y cortesía. Fieras o guerreras, que da lo mismo, como aquellos guerreros guardianes de Platón, necesarios, imprescindibles, incansables, insobornables mantenedores de su República.
Ellas, mantenedoras frente a todo y frente a todos de cultura bien encuadernada, de Historia con mayúsculas cosida a exactos, precisos y ordenados archivos.
Ellas, nos estaban enseñando España, nuestra tierras y nuestras cosas, ellas, en cada pasillo, a cada paso, nos subían a los carros de fuego de la casi eternidad histórica pasada y olvidada por muchos.
Ellas, estában allí, siempre están allí, cuidadoras ilustradas de pasillos, patrimonio, arte, archivos y cultura abrazados de por vida a Sanlúcar de Barrameda, al Palacio Ducal, “como siempre quiso Doña Isabel “, que con esa sonrisa sutil y penetrante bajo sus azules ojos, me decía al despedirme Lilian, sí, allí volvía a quedarse siempre vigilante, Liliana Dahlmann
eduardo domingez-lobato rubio

Rubio Alpresa , SA Economía - Artículos
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