El Fontanero

cimg4793La necesidad de adoptar medidas había arraigado en su mente; no podía soportar más el tormento cotidiano que suponía la ducha diaria y había tomado la decisión de solucionar el problema.

Sistemáticamente, cada mañana, cuando tras abandonar el siempre persuasivo lecho se preparaba para afrontar la jornada, un temor lo invadía; era un temor empírico, basado en la experiencia, que se confirmaba invariablemente unos minutos más tarde por más que se esforzara y tratase de ser rápido en el cumplimiento del protocolo diario previo a la jornada laboral. Abría la bombona, encendía el termo, comprobaba en el fregadero de la cocina que salía agua caliente, se dirigía al cuarto de baño ligerito de paso y comenzaba a afeitarse; y a los pocos minutos, la cálida y placentera corriente de agua surgida del grifo trocaba su tibieza en gelidez amargándolo y propiciando por el nerviosismo y la comodidad que se diera tajos en la cara, algunos de los cuales tardaban varios días en cicatrizar. Finalizado de mala manera el rasurado, volvía a la cocina, encendía de nuevo el termo y, esta vez a trote cochinero, se precipitaba en el interior de la ducha para, a la velocidad que le permitía su torpeza, abrir el grifo y enjabonarse antes de la prevista adversidad. Era en vano. Apenas depositaba el gel en el borde de la bañera, el agua comenzaba a azotarlo con frías ráfagas generadoras de tiritonas y castañeteos de dientes que no cesaban hasta que no entraba en calor en el trabajo. No podía más. Aquello tenía que terminar y, merced a las abnegadas y altruistas orientaciones de un subalterno cuyo cuñado era fontanero, había conseguido la dirección del establecimiento en el que, según palabras del conserje, seguro que lo iban a entender.

El local regentado por el cuñado era un garaje con las puertas cerradas al público porque simultaneaba la engañifa con el paro y, tras esperar un rato, lo recibía el experto, joven, con abundante cobertura capilar en el cráneo y en el rostro y un remache en una ceja. –Sin problemas, colega, yo te cambio el termo y le echo un vistazo a las cañerías, que seguramente habrá que cambiarlas; pero no te preocupes que yo tengo mi albañil y en un momento te tira abajo las paredes de la cocina y del cuarto de baño por si quieres hacer alguna reforma, y te busca los sanitarios nuevos. Además, un primo suyo te puede conseguir los muebles de cocina, que ahora con esto de la crisis hay muchas ofertas. Y de la pintura tampoco te tienes que ocupar; yo conozco a uno que le dicen Tintoretto, más por su afición al Valdepeñas que por otra razón pictórica, que te pinta la casa en un momento con un color de estos de moda…-.

Lentamente empezó a recular hacia la puerta, pero el tubero advirtió la maniobra y con un soplete en la mano le cortó la retirada colocándose de un salto entre él y la puerta. -¿No estarás pensando en escaquearte sin pagar, no, ratero? Yo soy un profesional y un currante que vive de esto y mi trabajo hay que pagarlo; así que ve vaciándote los bolsillos-. Y con un cerillo que se rascó en el pantalón encendió el soplete y lo graduó hasta que una fina lengua azul sibilante asomó en su boca.

Fue escaso el resultado de la expropiación porque sólo llevaba algo en calderilla, pero abundante la vejación y los guantazos que recibió por pobre y por tieso; y a la mañana siguiente, resignado al escarnio cotidiano, como hacía calor, incluso le parecía agradable la gélida temperatura del agua.
Cagancho

Esta entrada fue publicada en Economía - Artículos y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.