
Ignoraba el motivo por el que, de pronto, se había convertido en objetivo de la sociedad. En la mayoría de los medios de comunicación escritos, radiofónicos o televisivos, se denostaba de su estatus y en no pocos de ellos se salpicaban los comentarios con calificativos y epítetos relacionados con la informalidad, los momios, las mamandurrias y la canonjía de tener un trabajo estable.
No se explicaba el cambio. Apenas dos años antes, cuando el esplendor cubría con su manto de opulencia y riqueza efímera al país, nadie hablaba de ellos salvo para despreciarlos con frases humillantes por su escasa capacidad adquisitiva considerándolos pertenecientes a una casta de parias que vegetaban entre la miseria y la forzada dignidad sin posibilidad de redención por algún pelotazo de los que a la sazón solían darse.
Y aunque estaba convencido de que en la vida la totalidad de las situaciones no eran más que el resultado de una suma de circunstancias azarosas y desde luego imponderables, tampoco nadie le había regalado nada.
En la época en que estudiaba en el Instituto, como los exámenes finales coincidían con la feria del pueblo, él tenía una beca y no podía fallarle a su familia, sólo disfrutaba unas horas del gozo generalizado que sí vivían muchos de sus compañeros; gozo que a él le llegaba unos días más tarde cuando, tras recoger las calificaciones, las exhibía con satisfacción en su casa y percibía en el rostro curtido y cincelado de su padre, escaso de formación y sobrado de esfuerzos, una sonrisa sincera y un brillo especial en los ojos, delator de un primitivo sentimiento de orgullo.
Tampoco en los largos veranos propios de la zona en que vivía se podía permitir grandes alharacas. Los ocupaba en ayudar en una empresa haciendo recados y colaborando en lo que fuera al principio, y llevando y revisando algunas cuentas más adelante. Allí oyó hablar por primera vez de una cosa que se llamaban oposiciones y, acostumbrado como estaba a estudiar, se fue haciendo él mismo el temario porque no tenía dinero para adquirir alguno de los que se editaban y, a la cuarta convocatoria, conseguía ser auxiliar administrativo. Aquel día el brillo de los ojos paternos se había desbordado extendiéndose por el rostro en forma de dos líneas paralelas que morían en las comisuras de sus sonrientes labios.
Desde entonces su vida se había regido por la dulce mediocridad horaciana y lejos de considerar su actividad laboral un castigo, la apreciaba y se entregaba a ella con renovada ilusión cada mañana, aunque su modesto utilitario desentonaba un poco entre los rutilantes todoterrenos conducidos por algunos de sus antiguos compañeros que se habían hecho empresarios de la noche a la mañana, y guardaba un respetuoso silencio cuando le contaban sus maravillosos viajes al Caribe animándolo a pedir un crédito para darse un homenaje. –En cinco años lo tienes pagado, y sin problemas; hay que vivir, que todos podemos-. Por todo ello, no entendía la razón del repentino cambio en la visión de su trabajo.
Aquella mañana, cuando se dirigía a la oficina, había percibido en las miradas de los conocidos a los que saludaba habitualmente un turbio reflejo de odio africano; incluso alguno le había lanzado un escupitajo al rostro que él había esquivado y, apretando el paso, había logrado acceder al edificio. En el patio de entrada había revuelo y desazón y un compañero se le abrazó llorando al tiempo que le pasaba un escrito con las nuevas condiciones laborales.
El artículo primero anunciaba que antes del trabajo se repartirían collejas y bofetadas a mansalva porque para eso tenían un curro fijo y el segundo hablaba de unos vigilantes con bastones de uso discrecional que supervisarían el comportamiento del personal.
Comprensivo y sintiéndose culpable de ser funcionario, se protegió con las manos la cabeza, encogió el cuello y se dirigió a su negociado.
Cagancho


